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lunes, 2 de julio de 2007
13:43:00

Por cada comentario que haces, Dios salva un gatito

Cuento 14: Confidencias públicas


“Que un inocente es mejor
que toda vana elocuencia.”
Lope de Vega


¿Saben que sufro mucho cuando le oigo tocar?. Y es que cuando a uno le invade la pena por lo que un hijo tiene que pasar para vivir, uno sufre por ello. ¿Incomprensión?. Posiblemente. Lo más probable es que sea impotencia de ahondar más en su mundo.
Nos une el lazo más fuerte que puede unir a los humanos y estamos tan distantes. Él quiere tocar las estrellas y yo quiero alcanzárselas.
Oh Dios, ¿por qué no le pude entender?.
Porque, ¿saben?, el ya no esta conmigo. No murió, simplemente se fue. Permítanme contarles.

El viejo piano perteneció por varias generaciones a nuestra familia. Desde niño, mi hijo se mostró poco indiferente a la música. Pero ya adolescente, empezó a realizar gigantescos progresos. Poco a poco fue tocando mejor. Y más dulce. Tocaba muy bien. Muchos le reconocían como un artista nato.
Pero había algo en el que, a mi manera de ver, como que no encajaba del todo bien.
Actuaba como un niño. Como de 7 años. Sus gestos eran de niño, sus palabras, su manera de andar. Todo lo tomaba a juego. Pero también razonaba y actuaba como adulto, cuando era estrictamente necesario. ¡Inclusive, el mocoso ese me daba consejos!. ¡A mí!. Pero debo reconocer que era una mezcla hermosa y confusa.
Les cuento que una vez, le vi limpiar su piano con una prolijidad y parsimonia única. Era como si acariciara a un niño o a un noble anciano. Nuestro perrito pequinés se pasaba la tarde sentado o echado en el suelo, a un costado del piano, cuando mi hijo tocaba. Cuando tocaba algo que le producía satisfacción, le preguntaba a su fiel mascota, si le agradó. Y la pequinesa se lamía la nariz y meneaba su cola con gracia. Mi hijo decía entonces, “pellito inteligente”.
Una madrugada, me levanté para ir al baño, e ir a la cocina. Cuando prendí la luz de la cocina, me llevé una sorpresa. La luz de la cocina alumbró ligeramente el comedor y la sala, pudiendo ver a mi hijo dormir en posición fetal debajo del piano (era de media cola), y su mascota estaba sentada ea su cabeza, con la mirada en él.
Me acerqué a despertarlo, pero la perrita meneó la cabeza (¡verdad!). No era posible que quisiera decir “no lo despiertes”, pero eso entendí. Le acaricié su lomito, y me respondió con un resoplido suave y gracioso.
Hace justamente 7 días, mi hijo participó en un concierto público. Cuando se sentó al piano y empezó a tocar, las cosas más increíbles pasaron. La gente empezó a soñar despiertos, transportados por las emociones nuevas, prohibidas por lo puras, que mi hijo lograba sacar al instrumento, otrora frío y silencioso, ahora, cálido y hablador. En el ventanal del teatro, como dos docenas de aves, chiquitas, feítas y gorditas se posaron en el afeisal. Lo curioso del hecho es que cerca de ellas, habían dos gatos que no se percataron, mejor dicho, no les prestaron atención.
Aunque había iluminación adecuada, mi hijo proyectaba un aura celeste apenas perceptible. El público se tomaba de las manos. Aún los extraños entre sí.
Su sonido era arrullador.
Etéreo. Diría hasta irreal. Cuando terminó, nadie pudo aplaudir prontamente. Mi hijo empezó a aplaudirse, algo tímido, y sólo entonces, el público estalló en sonora ovación. Algunos hasta dieron las gracias.
Cuando llegamos a casa, el se sentó al piano, se quitó la corbata y me dijo que era muy feliz. Fue entonces cuando las ventanas del balcón se abrieron. El piano, mi hijo y la alfombra donde estaban, empezó a elevarse. Él estaba feliz, como un niño. Yo, en cambio, estaba desesperada, angustiada.
-¡Hijo mío!.
-¡Hasta pronto mami!. ¡Adiós pellito lindo!.
Mi hijo y su piano salieron por la ventana y se elevaron. Él gritaba de alegría. Él estaba feliz. No podía dar crédito a lo que mis ojos estaban observando. Lo seguí con la vista nublada por entre las nubes y estrellas, hasta que desapareció.
Lloré.

Pero como dije al inicio, eso fue hace tiempo (¿cuánto?, no lo sé). Desde entonces subo a la azotea en la noche a ver el cielo. Hoy esta despejado. Busco a mi hijo con mirada triste y pensamiento derrotista, por entre las estrellas. La perrita ladra mucho hoy, pero no le presto atención.
¿Qué pasa?. Si parece que las estrellas se agrandan.
-¡Dios mío!. ¡Me estoy elevando!. –exclamó con marcado temor, y con un hálito de esperanza. Ya no oigo a la perrita, ni puedo ver la azotea de mi casa.
-¡Ven conmigo Mami!. –escuchó la más familiar de las voces infantiles.
-¡Hijito! –respondí y suelto el llanto.
Toda la paz vuelve a mí. Y abajo, una perrita menea la cola.
Una perrita voladora.

*****

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