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martes, 31 de julio de 2007
12:51:00

Por cada comentario que haces, Dios salva un gatito

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lunes, 16 de julio de 2007
13:46:00

Por cada comentario que haces, Dios salva un gatito

Cuento 13: Estudio sobre la amistad


“Un hermoso y delicioso castillo en el
cual hemos de ver cómo podremos entrar.”
Santa Teresa


En un olvidado rincón del mundo, en la última esquina del barrio, en el pasaje más cerrado del edificio, en el fondo, vivía un niño huérfano de padre, madre y lo demás. Se dedicaba a satisfacer el ego de la llamada gente bondadosa. Y lo hacía de la única forma que sabía hacerlo : mendigando humanidad.
Su labor más que ser recompensada, era sobrellevada de manera habitual. El alimento lo conseguía tras largas disputas con los guardianes caninos de los hospicios.
Pero más vale maña que fuerza.
A veces.
No importaba el camino tomado, siempre encontraba la forma de agenciarse su regreso al último rincón. Era, como se dice, todos los caminos conducen a Roma. Claro. Pues hasta en Roma hubo basurales y restos de humanidad.
Pero había algo, en su rutina, que no se entendió nunca. Fuera donde fuera, el chico trataba de agenciarse de azúcar. Sí. De azúcar.
-Caramba niño. Si te ofrezco pan con miga suave, tú la quieres cambiar por azúcar.
-Sí señor. ¿Se puede?.
-Claro que se puede, pero no té entiendo –dijole el cocinero, -Mira, toma este pan con este bizcocho con azúcar encima. Es todo lo que tengo.
-¡Gracias!.
El niño, feliz con su cargamento, fue al encuentro de su rincón. Atravesó calles y callejones hasta llegar a su esquina. Entró a la buhardilla que le servía de hogar. Raspó el azúcar del bizcocho y lo esparció frente a una grieta en la pared. Esperó y observo atentamente.
Y pronto hubo movimiento.
De las esquinas salieron hormigas. Un conjunto de diminutos puntos. Se dirigieron en ordenada fila al montón de azúcar. Poco a poco se fueron amontonando alrededor, pero curiosamente no tocaban el azúcar. Movían sus antenitas y ladeaban sus cabecitas.
-¿Cómo están mis amigas?. –dijo el niño, con tierna voz, -antes de cenar, elevaremos una plegaria.
Y el niño de otrora rubia cabellera, inclinó su cabecita, juntó sus manitas y oró en silencio. Las hormigas dejaron de moverse. Y si hasta pareciera que inclinaban sus cabecitas.
-Bueno, -dijo el niño, -cenemos amigos.
Y recién las hormigas tomaron el azúcar amontonada. Al finalizar, el niño les tendió su mano y algunas subieron a ella. Otras lo hicieron por su rodilla. A las que subieron a su mano, las acomodó en su hombre y empezó a contarles un cuento. La noche sobrevino con la ternura del ser solitario, y el niño se despidió y se fue a su rincón. Las hormigas regresaron al suyo. Dulces sueños.

En la azotea del mismo rincón, un anciano colocaba unos granitos de azúcar encima de su mesa de noche. Al poro tiempo, llegaron unas hormigas, las que se agruparon entorno al azúcar.
-Coman mis niñas, -musitó el anciano, -hoy es un buen día. Y vamos a terminarlo de igual forma.
Las hojas del único vástago de geranio que tenía en su habitación, cerca de la ventana, se pobló de hormigas. El anciano arrimó la silla y tomó asiento. La hormiga más brillosa se adelantó al grupo.
-Noble amigo, -dijo la hormiga,- te tenemos un cuento para ti. Escucha. Erase una vez...
Y el anciano acariciaba sus canas con los bellos cuentos de las hormigas. Cuentos bellos e inocentes. Cuentos infantiles.
Y así pasaron los días y semanas. Fueron momentos de cálidas y dulces veladas. Haciendo honor a su fama de trabajadoras, las hormigas alimentaron de compañía al niño y de sueño al anciano. La ciudad fue creciendo y creciendo, aumentando los lugares velados y olvidados por muchos. El anciano enfermó. La azotea, el frío invernal y los momentos vividos durante décadas de olvido, fueron las causantes del deterioro del pobre hombre. Las hormigas le encontraron acostado y sudando copiosamente.
-¿Qué es lo que te sucede, viejo amigo?.
-Tengo fiebre. No tengo remedios ni los medios para poder conseguirlos. No tengo dinero.
-¿Qué es dinero?. No lo conocemos
-Es una limitación social creada por los hombres.
-Nosotras trataremos.
Y el grupo bajo por la pared del patio del edificio. Al llegar fueron al rincón olvidado. Encontraron al niño durmiendo. Subieron por su cabeza y se detuvieron alrededor de su oído.
-Niño, niño. Sube a la azotea. Alguien te necesita.
El niño despertó y al sentir a las hormigas en su oído, exclamó :
-Holas amigas. Juraría por unos instantes...
-Si. Nosotras te hablamos –exclamó una de las hormigas, -Un anciano te necesita. Vive en la azotea de este edificio. Síguenos por favor.
Para las mentes inocentes de los niños, algunas cosas no necesitan mayor explicación. Dejó su rincón y subió por las escaleras de incendio hasta la azotea. Pocos instantes fueron necesarios para entender la situación. Pero, ¿de dónde podría hacer un niño dinero?.
Mientras observaba al anciano, a lo lejos, una solitaria flauta entonaba una triste melodía, que sensibilizó aún más al niño. Súbitamente, abandonó la habitación y corrió escaleras abajo. Cruzó las calles, en busca de una botica. ¿Suplicaría?. ¿Robaría?. Aún no lo había decidido.
La música cesó. Fue callada abruptamente por un chirrido fuerte. La gente se aglomeraba. Palabras, llenas de lamento y quejas. Que si esto o aquello. Pero nadie tocaba el cuerpecito, ya sin vida.
-¡Hormigas!. –gritó una mujer, -¡Qué asco!.
Una masa viviente, de negro azabache cubrió al niño en contados segundos, impidiendo cualquier acción de la gente aglomerada, plena de curiosidad y repulsión. Se amoldó a su cuerpo aún tibio. Nadie se atrevió a tocarlo. Poco a poco el volumen fue disminuyendo. Y así, como vinieron se fueron.
El cuerpo no estaba.

-Creo que mi hora ha llegado, -musitó el anciano a sus amigas, -¿Recuerdas cuál es mi voluntad?.
-Si amigo querido. Lo recordamos.
Y de todos los rincones salieron las hormigas, todas en dirección del anciano. Le cubrieron.
Se fueron dejando sólo recuerdos y un vástago de geranio floreciendo.

La flauta volvió a oírse. Su música, extrañamente, siendo la misma ya no era tan triste.
-Nos gusta la música, ¿no es así?. –exclamó una dulce monjita, apartando de si la flauta. –Díganme, ¿a cuantos aislaron del mundo hoy?.
-¡Fueron dos nana!. –respondió un coro de hormigas.
-Bien, por ellos. Los demás nunca les prestaron la atención ni el respeto merecidos, como siempre. –musitó la religiosa. Metió la mano dentro del hábito y saco una bolsita con caramelos de menta.
-¡Hoy nos toca menta!. –dijo la monjita.
-¡Viva!. ¡Viva!. –corearon las hormigas.
¿Quién dice que la muerta no es dulce?.

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lunes, 2 de julio de 2007
13:43:00

Por cada comentario que haces, Dios salva un gatito

Cuento 14: Confidencias públicas


“Que un inocente es mejor
que toda vana elocuencia.”
Lope de Vega


¿Saben que sufro mucho cuando le oigo tocar?. Y es que cuando a uno le invade la pena por lo que un hijo tiene que pasar para vivir, uno sufre por ello. ¿Incomprensión?. Posiblemente. Lo más probable es que sea impotencia de ahondar más en su mundo.
Nos une el lazo más fuerte que puede unir a los humanos y estamos tan distantes. Él quiere tocar las estrellas y yo quiero alcanzárselas.
Oh Dios, ¿por qué no le pude entender?.
Porque, ¿saben?, el ya no esta conmigo. No murió, simplemente se fue. Permítanme contarles.

El viejo piano perteneció por varias generaciones a nuestra familia. Desde niño, mi hijo se mostró poco indiferente a la música. Pero ya adolescente, empezó a realizar gigantescos progresos. Poco a poco fue tocando mejor. Y más dulce. Tocaba muy bien. Muchos le reconocían como un artista nato.
Pero había algo en el que, a mi manera de ver, como que no encajaba del todo bien.
Actuaba como un niño. Como de 7 años. Sus gestos eran de niño, sus palabras, su manera de andar. Todo lo tomaba a juego. Pero también razonaba y actuaba como adulto, cuando era estrictamente necesario. ¡Inclusive, el mocoso ese me daba consejos!. ¡A mí!. Pero debo reconocer que era una mezcla hermosa y confusa.
Les cuento que una vez, le vi limpiar su piano con una prolijidad y parsimonia única. Era como si acariciara a un niño o a un noble anciano. Nuestro perrito pequinés se pasaba la tarde sentado o echado en el suelo, a un costado del piano, cuando mi hijo tocaba. Cuando tocaba algo que le producía satisfacción, le preguntaba a su fiel mascota, si le agradó. Y la pequinesa se lamía la nariz y meneaba su cola con gracia. Mi hijo decía entonces, “pellito inteligente”.
Una madrugada, me levanté para ir al baño, e ir a la cocina. Cuando prendí la luz de la cocina, me llevé una sorpresa. La luz de la cocina alumbró ligeramente el comedor y la sala, pudiendo ver a mi hijo dormir en posición fetal debajo del piano (era de media cola), y su mascota estaba sentada ea su cabeza, con la mirada en él.
Me acerqué a despertarlo, pero la perrita meneó la cabeza (¡verdad!). No era posible que quisiera decir “no lo despiertes”, pero eso entendí. Le acaricié su lomito, y me respondió con un resoplido suave y gracioso.
Hace justamente 7 días, mi hijo participó en un concierto público. Cuando se sentó al piano y empezó a tocar, las cosas más increíbles pasaron. La gente empezó a soñar despiertos, transportados por las emociones nuevas, prohibidas por lo puras, que mi hijo lograba sacar al instrumento, otrora frío y silencioso, ahora, cálido y hablador. En el ventanal del teatro, como dos docenas de aves, chiquitas, feítas y gorditas se posaron en el afeisal. Lo curioso del hecho es que cerca de ellas, habían dos gatos que no se percataron, mejor dicho, no les prestaron atención.
Aunque había iluminación adecuada, mi hijo proyectaba un aura celeste apenas perceptible. El público se tomaba de las manos. Aún los extraños entre sí.
Su sonido era arrullador.
Etéreo. Diría hasta irreal. Cuando terminó, nadie pudo aplaudir prontamente. Mi hijo empezó a aplaudirse, algo tímido, y sólo entonces, el público estalló en sonora ovación. Algunos hasta dieron las gracias.
Cuando llegamos a casa, el se sentó al piano, se quitó la corbata y me dijo que era muy feliz. Fue entonces cuando las ventanas del balcón se abrieron. El piano, mi hijo y la alfombra donde estaban, empezó a elevarse. Él estaba feliz, como un niño. Yo, en cambio, estaba desesperada, angustiada.
-¡Hijo mío!.
-¡Hasta pronto mami!. ¡Adiós pellito lindo!.
Mi hijo y su piano salieron por la ventana y se elevaron. Él gritaba de alegría. Él estaba feliz. No podía dar crédito a lo que mis ojos estaban observando. Lo seguí con la vista nublada por entre las nubes y estrellas, hasta que desapareció.
Lloré.

Pero como dije al inicio, eso fue hace tiempo (¿cuánto?, no lo sé). Desde entonces subo a la azotea en la noche a ver el cielo. Hoy esta despejado. Busco a mi hijo con mirada triste y pensamiento derrotista, por entre las estrellas. La perrita ladra mucho hoy, pero no le presto atención.
¿Qué pasa?. Si parece que las estrellas se agrandan.
-¡Dios mío!. ¡Me estoy elevando!. –exclamó con marcado temor, y con un hálito de esperanza. Ya no oigo a la perrita, ni puedo ver la azotea de mi casa.
-¡Ven conmigo Mami!. –escuchó la más familiar de las voces infantiles.
-¡Hijito! –respondí y suelto el llanto.
Toda la paz vuelve a mí. Y abajo, una perrita menea la cola.
Una perrita voladora.

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